L’Atelier, Laurent Cantet(2017)

Nos encontramos ante una de las películas peor valoradas, injustamente, de la filmografía del gran director galo. El estilo de Cantet puede parecer seco por su tono semidocumental, ya que va directamente al grano, dejando que el espectador vaya descubriendo la trama y a sus personajes con el paso de los minutos.

La cinta nos presenta a un grupo de jóvenes con un pasado problemático que se reúnen todas las mañanas en un taller de escritura organizado por una autora. En esos encuentros Olivia intentará que cada uno de ellos proponga ideas literarias con el fin de escribir una novela negra en conjunto. Lo que al principio parece un buen plan chocará con la radicalización ideológica de Antoine, un adolescente con unos amigos metidos en el mundo de la extrema derecha, que vive su auge en Francia tras los atentados islámicos en París o Niza, generándose una tensión cada vez más asfixiante a medida que van avanzando los días.

El gran interés de la película radica en los contundentes y reflexivos diálogos de todos los participantes, siendo fiel reflejo del clima inestable que vive el país galo a nivel social y cultural, donde las diferencias entre árabes, musulmanes y católicos se hacen cada vez más patentes. Olivia, la escritora, será la primera en notar el peligro del comportamiento de Antoine, alcanzando el clímax final en los últimos minutos del filme.

Cantet vuelve a profundizar en los problemas sociales existentes en Francia, como al inicio de su carrera cinematográfica, consagrado ya desde entonces como uno de los mejores directores franceses del siglo XXI, ya vencedor de la Palma de Oro en Cannes con esa maravillosa obra titulada «Entre les murs» que ahondaba en el enfrentamiento entre alumnos y profesores en un instituto conflictivo. Una obra que no contiene la acción de las películas que tienen éxito hoy en día, pero de esas que te dejan huella.

Higanbana(Flores de equinoccio), Yasujiro Ozu, 1958

Estamos ante una película histórica de uno de los cuatro fantásticos del cine japonés,(Kurosawa, Mizoguchi, Naruse y el propio Ozu), no tanto por contenido, sino fundamentalmente por ser la primera realizada en color por el autor, algo que no le resta, por suerte, ni un ápice de calidad al filme.

El maestro nipón vuelve a ahondar en los temas fundamentales durante toda su obra, como el paso del tiempo, las costumbres de sus paisanos o el choque intergeneracional entre sus personajes principales. Aquí, en concreto, nos presenta a un padre de familia exitoso fuera del hogar como hombre de negocios y autoritario progenitor dentro del hogar. Todo cambia para él cuando la niña de sus ojos se fija en un chico que no proviene de una buena familia, aspecto que no le convence. Este hecho le hará afrontar una situación nueva en su vida, no sabiendo asimilar las nuevas tendencias y los cambios que estaban transformando el país asiático tras la desastrosa II Guerra Mundial que dejó a esta nación moribunda y deprimida durante muchos años.

Tras el rechazo inicial y la tormenta interior del padre llegará la calma con el paso de los minutos, después de conversaciones con amigos y con su esposa que le hacen abrir la mente, aceptando de buen grado la emancipación de la mujer y el derecho de estas de gobernar su vida y elegir su propio futuro. El director japonés vuelve a valerse de esa cámara prácticamente inmóvil, con unos planos fijos en el que espectador apenas es capaz de observar el mínimo movimiento.

En definitiva, Yasujiro Ozu demuestra que al amor puede con todo y que ni las rancias costumbres ancestrales consiguen frenar el ímpetu del padre por evolucionar y dejar tomar a Setsuko, la hija, sus propias decisiones por ella misma.

Una cinta intimista, relajada y profunda al mismo tiempo, sosegada y que funciona como un valioso documento histórico-familiar de su propia nación. El cine de Ozu es una muestra de lo cotidiano, de lo casero, de la vida en sí.

Sicixia, Ignacio Vilar, 2016

Vuelvo al ruedo con una propuesta de mi tierra, de ese gran cineasta que llevó a la gran pantalla la archiconocida novela de Blanco Amor, «A esmorga». Aquí cambia de tercio narrando una historia de amor tan real como la vida misma, con un paisaje de fondo que parece sacado de un cuento de hadas, mostrando lugares apasionantes y misteriosos de la inigualable Costa da Morte.

La película arranca con la celebérrima rapa das bestas, esa tradición de algunos pueblos galegos que consiste en arrancar las crines de los caballos. De inicio observamos a Xiao, un ingeniero de sonido que capta cualquier señal acústica, con una mirada fría y desangelada, parco en palabras, que transmite una vida fracasada, encerrado en un hastío existencial del que no puede salir y llevando una relación inexistente con su pareja.

Todo cambia cuando conoce a Olalla, una mujer joven casada con un aburrido empleado de banca, quien por trabajo tendrá que ayudarle a descubrir nuevos lugares y a los habitantes de Cee, Corcunión y otros pueblos de la comarca, donde el mar es el principal foco de todo y que da de comer a la mayoría de la población. Al comienzo da la sensación de que no tienen mucho que decirse y abundan los gestos esquivos. Hasta que descubren que a los dos le unen una atración física espectacular, un deseo por volver a redescubrir el amor y las ganas de vivir una segunda juventud, produciéndose un inevitable romance que será la comidilla de todo el pueblo. Recordemos. Galicia profunda. Villas pequeñas donde todo se sabe y el chismorreo es el pan de cada día. Ignacio Vilar combina tomas lejanas con planos cercanos de la pareja protagonista.

Cine sencillo, pero intenso. Cine escaso en diálogos, pero salvaje. Cine que emociona, que trasciende. Como el de Lois Patiño y Óliver Laxe. La nueva ola del cine galego que es una realidad más que una esperanza.

This Happy Breed, David Lean, 1944

Si hiciésemos una lista con los mejores directores académicos de la historia saldría el nombre de David Lean en las primeras posiciones, para mí uno de los cineastas taquilleros más refinados de la historia junto a William Wyler. La película en cuestión, pese a no gozar de la reputación de sus obras más conocidas, supone una efectiva radiografía social de la Gran Bretaña de los años de entreguerras, en la que seremos partícipes de los cambios sociales y políticos a través de una familia de clase media que se muda a un barrio popular de la capital inglesa.

El filme comienza con la llegada a un nuevo barrio de un matrimonio después de que el padre de familia haya regresado sano a casa tras la Primera Guerra Mundial. Curiosamente, la cinta finalizará de una manera similar, cerrándose el círculo con la pareja protagonista, unida pese a sus diferencias, marchándose a otro hogar después de la independencia de sus hijos. Frank es una persona apegada a su país, con valores arcaicos y no muy predispuesto a los cambios que se avecinan en la sociedad, cuyos obreros paralizan la nación con huelgas laborales para mejorar sus pésimas condiciones de trabajo. Ella, Ethel, es una mujer con carácter, trabajadora, ama de casa, que da todo por sus seres queridos pero sin saber demostrar demasiado cariño hacia ellos. Sus tres hijos, adolescentes, se enfrentarán cada uno, con sus respectivos caracteres, contra sus progenitores, no aceptando los roles que les son dados, incluso protagonizando algún episodio que acabará por lastrar la moral de Frank y Ethel.

La caracterización de los personajes resulta asombrosa, mostrando la extrema dificultad que entrañan las relaciones paterno-filiales, en las que los padres exigen mucho a sus hijos y no se dan cuenta de que el no dejar volar a sus descendientes puede conllevar situaciones trágicas y funestas. La película tiene un tono sosegado y reposado, aunque no le priva a David Lean de dotarla del habitual humor negro inglés, repleto de ingeniosos diálogos y en el que mis favoritos son los que protagonizan la abuela y la hermana de Frank, quienes no se pueden ver y no tienen reparos en hacérselo mostrar al resto de convivientes. La hija mediana, Queeney, resulta caprichosa y no se conforma con el dinero de su familia, enamorándose de un hombre casado y escapando del hogar con tal de llevar a buen puerto su aventura amorosa. En el otro lugar, Vi, la hija mayor, representa el ejemplo de una buena progenitora, casada con un buen hombre, sin levantar nunca la voz y mostrándose sumisa con sus padres.

Por lo tanto, el retrato social que se lleva a cabo en The Happy Breed me parece asombroso, recreando como casi ninguna otra cinta los importantes cambios que tuvieron lugar en los años veinte y treinta, con la aparición de los totalitarismos, la creciente clase obrera que veía que realmente podría cambiar las cosas con protestas o la muerte de su majestad Jorge V que causó conmoción en el Reino Unido.

María Candelaria, Emilio Fernández, 1944

La cinta de la que vamos a escribir supone una de las mejores obras de uno de los directores más talentosos de aquella bien denominada época dorada del cine mexicano, encuadrada principalmente en la década de los cuarenta y cincuenta. El Indio, como se le conocía públicamente, se caracterizó por rodar películas que gozan de un conocimiento profundo del entorno rural de la época que le tocó vivir y las duras condiciones de vida de la clase baja, concretamente los campesinos en el caso de María Candelaria.

En la primera escena se nos muestra a un artista en decadencia que le cuenta a una alumna la historia de una mujer que pintó años atrás, a la que todavía no ha olvidado. Aquí comienza un largo flashback que se mantendrá hasta prácticamente los últimos tramos de película. La protagonista del filme sufre la repulsión de toda la comunidad india donde vive, residiendo en la otra orilla del río para evadirse de los malsanos comentarios que son vertidos en contra de ella, fruto de la mala fama de su fallecida madre, quien ejerció la prostitución años atrás y la aldea de Xochimilco todavía no ha olvidado ni perdonado. Así las cosas, el tema central del filme será la no aceptación en la sociedad de aquellas personas que se salían de los patrones o de las costumbres tan arraigadas y contradictorias de la sociedad rural mexicana de principios del siglo XX. Los nativos no dejan de ser meras víctimas de un sistema atrasado, ruin y en el que el cultivo de la tierra se lo lleva el dueño de la misma a cambio de un mísero salario, haciendo que los aldeanos se aferren a unas creencias religiosas que los evada de su triste realidad.

Durante el paso de los minutos uno de sus pocos aliados será Lorenzo Rafael, encarnado por la estrella Pedro Armendáriz, que dejará su vida de lado con tal de cumplir su propósito de casarse con la bella india, pese a las piedras que le irán poniendo en el camino. Tan solo un benévolo cura y el mencionado pintor que se obsesiona por retratarla, y así pagar la deuda que ella mantiene con el terrateniente del pueblo, intentarán que la pareja consume su casamiento y puedan vivir una vida en paz.

El brillante cineasta azteca mantiene un melodrama efectivo aprovechándose de una banda sonora que enfatiza los momentos dramáticos, apoyándose en la presencia de sus dos estrellas, algo muy común durante toda su filmografía, viéndose en María Candelaria un potente personaje femenino, con personalidad, a la altura de la maestra de «Enamorada» que se niega a someterse al caciquismo de una zona rural mexicana.

Nota: 8/10

Mi tío Jacinto, Ladislao Vajda, 1956

Dicha película supone uno de los mejores retratos que se hayan visto sobre la posguerra española y la miseria que vivían muchas personas que se veían obligadas a buscarse la vida de cualquier manera con tal de ganarse el pan.

La cinta del cineasta magiar afincado en España, Ladislao Vajda, sigue las andanzas del joven Pepote y su tío Jacinto, un hombre entrado en años, alcohólico y fracasado que malvive en una choza inmunda después de haber sido un reputado torero. Sin personas que le fíen y solo con la ayuda de su sobrino le llegará, por error, la oportunidad de ganarse un buen jornal en Las Ventas en una corrida menor. El problema radica en que necesita alquilar un traje de faena que ronda las trescientas pesetas. Durante todo un día este magnífico tándem, que recuerda al de la celebérrima película de De Sica, intentará reunir la enorme cantidad de dinero realizando diversos trabajos, en muchos de ellos siendo víctimas de humillaciones, tretas y mentiras.

Pese al humor que inunda el filme se trata de una postal triste y miserable que retrata la vida de los bajos fondos madrileños y la desigualdad latente entre las clases más altas y populares. La inteligencia y astucia del chico, Pepote, supone el gran interés de este fantástico ejercicio cinematográfico, realizado en la que para mí es la edad de oro del cine español, con un grueso de películas que hasta la fecha ninguna década desde los setenta hasta la actualidad ha conseguido superar. Y es que la sombra de los Berlanga, Buñuel, Bardem, Fernán Gómez, Nieves Conde y compañía es muy alargada. Salvo Erice, claro, y algunas cosas de Almodóvar.

El filme funciona como un documento fílmico de gran valor por mostrar costumbres de otra época como los lustrazapatos, las tabernas donde se consumía vino de la casa y gaseosa, los viejos que se ganan la vida tocando el organillo o las ferias donde todo el mundo regatea buscando lo mejor para sí mismo.

Lured, Douglas Sirk, 1947

Como tantos otros directores que consiguieron la fama años después de comenzar su carrera, Douglas Sirk comenzó su trayectoria con filmes bastantes baratos encuadrados en el género negro, como Anthony Mann del que escribimos en el blog recientemente.

La cinta que nos ocupa tiene un guión muy elaborado, novedoso pese a lo trillado que está el cine negro en muchas ocasiones, y una puesta en escena que denota la maestría del director, con influencias expresionistas en la fotografía y con un gran uso de los espejos para dar detalles significativos de los protagonistas al propio espectador. La película arranca con una mujer en bus leyendo un poema de un hombre con el que ha sido citado en algún lugar de Londres. Ya sabemos de antemano, por los diferentes planos de esa persona misteriosa que solo vemos de espaldas, que el asunto no acabará bien, también por el desacertado título en castellano que ya nos lanza un spoiler según comenzamos el visionado.

La policía británica se encargará del caso a medida que varias mujeres jóvenes van desapareciendo después de haber respondido anuncios que siguen las mismas pautas, empleando para ello a una decidida bailarina que ha visto como su mejor amiga no da señales de vida. Realmente es Lucile Ball, la actriz que encarna a la protagonista, quien dota al filme de una gran personalidad, ofreciendo una interpretación creíble. Ella, Sandra, va realizando misiones para Scotland Yard, que la pondrá a prueba para acabar siendo un anzuelo, por su belleza, y así poder atrapar al asesino que tiene en jaque a toda una ciudad.

La apabullante dirección de Sirk, que ya ofrece retazos de esa facilidad para crear ambientes melodramáticos pero sin pecar de excesiva sensiblería, ayuda a crear un ejercicio cinematográfico entretenido. En esto ayudan las gotas de humor negro y alguna pizca de surrealismo, como en la fantástica escena donde Sandra ejerce como modelo de un diseñador que ha perdido la cabeza tras una traición en el pasado que le ha dejado transtornado. No es el Sirk de los melodramas de color de la década de los cincuenta, pero sirve como un buen punto de partida para descubrir a este fantástico realizador germano afincado en Estados Unidos.

Puntuación: 8/10

Railroaded!, Anthony Mann, 1947

Cuando uno lee el nombre de Anthony Mann se le vienen a la cabeza los grandes westerns que este fabuloso director rodó durante la década de los cincuenta, sobre todo con James Stewart. Si el que fuera marido de la Sarita Montiel solo hubiese dirigido esas cintas de vaqueros ya sería una leyenda del cine, por supuesto. Su figura se engrandece todavía más cuando descubrimos que su primera etapa, con presupuestos menores y con obras cercanas a la Serie B, tiene un interés enorme, ya que le aúpa a una posición de privilegio entre los mejores cineastas de cine negro que jamás hayan existido.

La obra, con gran capacidad de síntesis narrativa, comienza con una atractiva puesta en escena en la que vamos a ser partícipes de un atraco a una peluquería de dos ladrones que contarán con ayuda en el interio de la misma. El director estadounidense es capaz mediante detalles sutiles, con gestos y miradas de la dependiente rubia, de ofrecernos datos suficientes para intuír que ella forma parte del plan para llevarse el dinero. Como en toda película de cine negro algo sale mal en el asalto y un policía es abatido por Duke, sin duda uno de los gángsteres más maléficos que ha dado el género a lo largo de su historia. Su chica, Clara Calhoun, es una muchacha dependiente psicológicamente del, pese a los maltratos y humillaciones sufridas, que harta de la presión por ser culpable de que un hombre inocente esté en la cárcel decidirá en el tramo final del filme delatar a su hombre, acción que supondrá su fin.

El gran interés de la cinta radica en la química que forman el detective encargado del caso y la hermana del hombre encarcelado injustamente. Sheyla Ryan, bellísima y radiante, interpreta a una chica atrevida, perspicaz, llena de personalidad y sin miedo a nada, aunque esto le ocasione problemas al caer en la trampa de Duke, que decide utilizarla a su antojo para que no siga investigando el atraco, del que él es el principal cabecilla.

La fotografía de Guy Roe ayuda a acentuar el carácter malvado de Duke, con unos excelsos primeros planos en los que observamos los gestos desafiantes del criminal y un juego de luces y sombras que funciona a la perfección para dotar a algunas escenas de un ambiente opresivo, como la penúltima de ellas, en el local nocturno que supondrá el cénit de la obra.

Puntuación: 8/10

Witness to Murder, Roy Rowland, 1954

Como siempre digo, el cine negro es una caja de sorpresas, y aquí tenemos una película que da buenas muestras de ello, en la que sabemos quién es el asesino en el primer instante. Precisamente este es el gran éxito de la cinta, ese juego de saber si el hombre que ha matado a una mujer al lado de unas cortinas será descubierto o no.

La difícil misión de atrapar al homicida le será confiada de forma casual a una atractiva decoradora de interiores, que tras despertar en medio de la madrugada ha sido testigo del crimen al mirar por la ventana. La película va desarrollándose entre dos tramas que se entrelazan. Por una parte la insistencia de la mujer, interpretada por la Stanwyck, en la vericidad de su testimonio y el enamoramiento de ésta y el policía asignado al caso que quiere creer su versión pero que no acaba encontrando pruebas que incriminen al asesino, pese a la insistencia de ella.

La obra funciona también como denuncia de cómo casi siempre se suele creer la versión de un hombre respetable de puertas hacia fuera y no de la mujer, que en este caso llega incluso a ingresar en un sanatorio mental por la fuerza. En definitiva un trabajo muy recomendable, con una última escena memorable en unos andamios de una obra.

Puntuación: 8/10

City for Conquest, Anatole Litvak, 1940

Una obra que demuestra el gran talento del infravalorado Anatole Litvak, que saca todo el jugo posible a la química de dos monstruos interpretativos como James Cagney y la Sheridan, que no puede estar más bella en ese papel de mujer fiel a su primer gran amor.

La película comienza con una narración de un ciudadano de New York que sirve como introducción de la megaurbe, de sus excesos y contrastes, trasladándonos a un barrio popular donde un crío protagoniza una pelea con otro chaval para defender a su amiga. Y aquí, con salto temporal mediante de veinte años, tenemos a la pareja protagonista del filme. Él conduce camiones, se siente feliz con sus amigos, es buen chico y carece de ambición, pese a las presiones de sus allegados para dedicarse al boxeo profesional. Peggy es una mujer con grandes esperanzas, deseosa de hacer carrera en el mundo del baile, aunque eso le pueda ocasionar problemas en su relación con Danny.

Este choque de ambiciones y de maneras distintas de ver el futuro será el punto sobre el cual girará toda la película, haciendo que el espectador se cuestione si vale la pena echar por tierra una relación sana y monótona por una carrera laboral exitosa. El acierto de Litvak radica en saber combinar los momentos más dramáticos con aquellos más cómicos, demostrando también una gran habilidad para rodar escenas de bailes en grandes escenarios, resultando originales para la época los planos bajos mostrando el movimiento de los zapatos o los sutiles fundidos entre una escena y otra.

Puntución: 9/10