Mi tío Jacinto, Ladislao Vajda, 1956

Dicha película supone uno de los mejores retratos que se hayan visto sobre la posguerra española y la miseria que vivían muchas personas que se veían obligadas a buscarse la vida de cualquier manera con tal de ganarse el pan.

La cinta del cineasta magiar afincado en España, Ladislao Vajda, sigue las andanzas del joven Pepote y su tío Jacinto, un hombre entrado en años, alcohólico y fracasado que malvive en una choza inmunda después de haber sido un reputado torero. Sin personas que le fíen y solo con la ayuda de su sobrino le llegará, por error, la oportunidad de ganarse un buen jornal en Las Ventas en una corrida menor. El problema radica en que necesita alquilar un traje de faena que ronda las trescientas pesetas. Durante todo un día este magnífico tándem, que recuerda al de la celebérrima película de De Sica, intentará reunir la enorme cantidad de dinero realizando diversos trabajos, en muchos de ellos siendo víctimas de humillaciones, tretas y mentiras.

Pese al humor que inunda el filme se trata de una postal triste y miserable que retrata la vida de los bajos fondos madrileños y la desigualdad latente entre las clases más altas y populares. La inteligencia y astucia del chico, Pepote, supone el gran interés de este fantástico ejercicio cinematográfico, realizado en la que para mí es la edad de oro del cine español, con un grueso de películas que hasta la fecha ninguna década desde los setenta hasta la actualidad ha conseguido superar. Y es que la sombra de los Berlanga, Buñuel, Bardem, Fernán Gómez, Nieves Conde y compañía es muy alargada. Salvo Erice, claro, y algunas cosas de Almodóvar.

El filme funciona como un documento fílmico de gran valor por mostrar costumbres de otra época como los lustrazapatos, las tabernas donde se consumía vino de la casa y gaseosa, los viejos que se ganan la vida tocando el organillo o las ferias donde todo el mundo regatea buscando lo mejor para sí mismo.

Lured, Douglas Sirk, 1947

Como tantos otros directores que consiguieron la fama años después de comenzar su carrera, Douglas Sirk comenzó su trayectoria con filmes bastantes baratos encuadrados en el género negro, como Anthony Mann del que escribimos en el blog recientemente.

La cinta que nos ocupa tiene un guión muy elaborado, novedoso pese a lo trillado que está el cine negro en muchas ocasiones, y una puesta en escena que denota la maestría del director, con influencias expresionistas en la fotografía y con un gran uso de los espejos para dar detalles significativos de los protagonistas al propio espectador. La película arranca con una mujer en bus leyendo un poema de un hombre con el que ha sido citado en algún lugar de Londres. Ya sabemos de antemano, por los diferentes planos de esa persona misteriosa que solo vemos de espaldas, que el asunto no acabará bien, también por el desacertado título en castellano que ya nos lanza un spoiler según comenzamos el visionado.

La policía británica se encargará del caso a medida que varias mujeres jóvenes van desapareciendo después de haber respondido anuncios que siguen las mismas pautas, empleando para ello a una decidida bailarina que ha visto como su mejor amiga no da señales de vida. Realmente es Lucile Ball, la actriz que encarna a la protagonista, quien dota al filme de una gran personalidad, ofreciendo una interpretación creíble. Ella, Sandra, va realizando misiones para Scotland Yard, que la pondrá a prueba para acabar siendo un anzuelo, por su belleza, y así poder atrapar al asesino que tiene en jaque a toda una ciudad.

La apabullante dirección de Sirk, que ya ofrece retazos de esa facilidad para crear ambientes melodramáticos pero sin pecar de excesiva sensiblería, ayuda a crear un ejercicio cinematográfico entretenido. En esto ayudan las gotas de humor negro y alguna pizca de surrealismo, como en la fantástica escena donde Sandra ejerce como modelo de un diseñador que ha perdido la cabeza tras una traición en el pasado que le ha dejado transtornado. No es el Sirk de los melodramas de color de la década de los cincuenta, pero sirve como un buen punto de partida para descubrir a este fantástico realizador germano afincado en Estados Unidos.

Puntuación: 8/10

Railroaded!, Anthony Mann, 1947

Cuando uno lee el nombre de Anthony Mann se le vienen a la cabeza los grandes westerns que este fabuloso director rodó durante la década de los cincuenta, sobre todo con James Stewart. Si el que fuera marido de la Sarita Montiel solo hubiese dirigido esas cintas de vaqueros ya sería una leyenda del cine, por supuesto. Su figura se engrandece todavía más cuando descubrimos que su primera etapa, con presupuestos menores y con obras cercanas a la Serie B, tiene un interés enorme, ya que le aúpa a una posición de privilegio entre los mejores cineastas de cine negro que jamás hayan existido.

La obra, con gran capacidad de síntesis narrativa, comienza con una atractiva puesta en escena en la que vamos a ser partícipes de un atraco a una peluquería de dos ladrones que contarán con ayuda en el interio de la misma. El director estadounidense es capaz mediante detalles sutiles, con gestos y miradas de la dependiente rubia, de ofrecernos datos suficientes para intuír que ella forma parte del plan para llevarse el dinero. Como en toda película de cine negro algo sale mal en el asalto y un policía es abatido por Duke, sin duda uno de los gángsteres más maléficos que ha dado el género a lo largo de su historia. Su chica, Clara Calhoun, es una muchacha dependiente psicológicamente del, pese a los maltratos y humillaciones sufridas, que harta de la presión por ser culpable de que un hombre inocente esté en la cárcel decidirá en el tramo final del filme delatar a su hombre, acción que supondrá su fin.

El gran interés de la cinta radica en la química que forman el detective encargado del caso y la hermana del hombre encarcelado injustamente. Sheyla Ryan, bellísima y radiante, interpreta a una chica atrevida, perspicaz, llena de personalidad y sin miedo a nada, aunque esto le ocasione problemas al caer en la trampa de Duke, que decide utilizarla a su antojo para que no siga investigando el atraco, del que él es el principal cabecilla.

La fotografía de Guy Roe ayuda a acentuar el carácter malvado de Duke, con unos excelsos primeros planos en los que observamos los gestos desafiantes del criminal y un juego de luces y sombras que funciona a la perfección para dotar a algunas escenas de un ambiente opresivo, como la penúltima de ellas, en el local nocturno que supondrá el cénit de la obra.

Puntuación: 8/10

Witness to Murder, Roy Rowland, 1954

Como siempre digo, el cine negro es una caja de sorpresas, y aquí tenemos una película que da buenas muestras de ello, en la que sabemos quién es el asesino en el primer instante. Precisamente este es el gran éxito de la cinta, ese juego de saber si el hombre que ha matado a una mujer al lado de unas cortinas será descubierto o no.

La difícil misión de atrapar al homicida le será confiada de forma casual a una atractiva decoradora de interiores, que tras despertar en medio de la madrugada ha sido testigo del crimen al mirar por la ventana. La película va desarrollándose entre dos tramas que se entrelazan. Por una parte la insistencia de la mujer, interpretada por la Stanwyck, en la vericidad de su testimonio y el enamoramiento de ésta y el policía asignado al caso que quiere creer su versión pero que no acaba encontrando pruebas que incriminen al asesino, pese a la insistencia de ella.

La obra funciona también como denuncia de cómo casi siempre se suele creer la versión de un hombre respetable de puertas hacia fuera y no de la mujer, que en este caso llega incluso a ingresar en un sanatorio mental por la fuerza. En definitiva un trabajo muy recomendable, con una última escena memorable en unos andamios de una obra.

Puntuación: 8/10

City for Conquest, Anatole Litvak, 1940

Una obra que demuestra el gran talento del infravalorado Anatole Litvak, que saca todo el jugo posible a la química de dos monstruos interpretativos como James Cagney y la Sheridan, que no puede estar más bella en ese papel de mujer fiel a su primer gran amor.

La película comienza con una narración de un ciudadano de New York que sirve como introducción de la megaurbe, de sus excesos y contrastes, trasladándonos a un barrio popular donde un crío protagoniza una pelea con otro chaval para defender a su amiga. Y aquí, con salto temporal mediante de veinte años, tenemos a la pareja protagonista del filme. Él conduce camiones, se siente feliz con sus amigos, es buen chico y carece de ambición, pese a las presiones de sus allegados para dedicarse al boxeo profesional. Peggy es una mujer con grandes esperanzas, deseosa de hacer carrera en el mundo del baile, aunque eso le pueda ocasionar problemas en su relación con Danny.

Este choque de ambiciones y de maneras distintas de ver el futuro será el punto sobre el cual girará toda la película, haciendo que el espectador se cuestione si vale la pena echar por tierra una relación sana y monótona por una carrera laboral exitosa. El acierto de Litvak radica en saber combinar los momentos más dramáticos con aquellos más cómicos, demostrando también una gran habilidad para rodar escenas de bailes en grandes escenarios, resultando originales para la época los planos bajos mostrando el movimiento de los zapatos o los sutiles fundidos entre una escena y otra.

Puntución: 9/10

The Nanny, Seth Holt, 1965

Otro papel para el recuerdo de esa inigualable actriz llamada Bette Davis. En la cinta en cuestión se vale de un interesante guión para dar vida a una niñera madura y solterona, de afable apariencia y reservada, algo que se hará acrecentando a medida que pasan los minutos.

Nuestra querida cuidadora de niños trabaja en un hogar cuidando a una mujer enferma, víctima de unos desequlibrios mentales debido a un accidente del pasado, el cual podemos suponer en gran medida por el enfoque del realizador sobre unas fotos familiares de la madre con dos bebés. Este suceso, clave para entender el desarrollo de los acontecimientos, será resuelto en los últimos instantes del filme de manera magistral gracias a un brillante flashback y un fenomenal empleo de la técnica del travelling. El mismo día en el que observamos a nuestros protagonistas llega a casa el problemático joven que ha pasado una temporada en un internado por su implicación en el citado accidente. Y, por supuesto, surgen los problemas.

Joey, el niño que no es ocupa, tiene un comportamiento rebelde, realiza bromas macabras y paga todas sus frustaciones con su niñera. La lograda actuación de la Davis nos hace pensar que la mente del pequeño sigue perturbada, aunque como en los anteriores trabajos de Holt que he visto las apariencias engañan y nada parece ser lo que realmente es, generando giros insospechados para el espectador. Creo sinceramente que la obra no goza de la fama merecida por la escasa caracterización de la madre, la señora Fane, y su marido Bill, como típico jefe de familia que no se ocupa de la casa y vive por el trabajo, quedando las interpretaciones de ambos en un segundo plano por estar demasiado exageradas.

Resulta una película tétrica, macabra, siendo un eficaz retrato de una mente psicótica que esconde su verdadera cara tras una falsa cortina amparada por el beneplácito de la familia. Más que una cinta de terror acaba por ser un thriller piscológico de interiores, con una atmósfera de espacios cerrados que acaba por asfixiar al espectador. Y al pobre Joey, claro.

Puntuación: 9/10

Nowhere to Go, Seth Holt, 1958

SOURCE CREDIT: Brittish Film Institute

El título original de la película no podría describir de manera más acertada el rumbo incierto de nuestro protagonista durante todo el metraje. La cinta de Holt supone un ejercicio cinematográfico espectacular, con un montaje perfecto y rico en detalles, demostrando una vez más que se puede ser perfeccionista siendo bastante austero.

Centro penitenciario. Noche oscura. Los trabajadores fichan su jornada y se marchan hasta el día siguiente. Las despedidas dan paso a una escena magistral donde un convicto escapa de prisión gracias a la ayuda de otra persona. El director británico demuestra desde el inicio una capacidad innata para hacer sentir al espectador partícipe en la trama. Acto seguido observamos cómo el joven que acaba de evadir la cárcel se hospeda en un apartamento alquilado por su socio o amigo, que posteriormente no será no una cosa ni la otra. El flashback inicial ya nos permite situarnos mejor y más cómodamente en la historia.

Paul Gregory, -“Greg” para los amigos-, es un ladrón de guante blanco que junto a Victor Sloane se aprovecha de una viuda heredera de unas monedas de gran valor para sacar tajada. El plan no sale del todo bien y Greg es condenado a diez años, lo que nos sitúa en el punto de partida. A partir de ese momento, el grueso del filme y sus momentos cumbre, asistimos a una escapada poco fructífera para los intereses del ratero, que por unas razones o por otras, pese a sus habilidades, no será quien de evadirse del crimen cometido, no sintiéndose a salvo en ningún momento. Y eso que una atrevida chica, interpretada por Maggie Smith(sí, esa abuela increíble de “Downton Abbey” y Minerva en HP)intentará ayudarlo sin el resultado esperado.

Seth Holt demuestra ser un maestro de la planificación, dominando atmósferas agobiantes e inquientantes sin aparente esfuerzo, sin importar escenarios interiores o exteriores. Un thriller que recuerda a los americanos del cine negro por ese caminar fatalista del principal personaje masculino en cuestión.

Puntuaxión: 9/10

Normal People, Lenny Abrahamson & Hettie Macdonald, 2020

Crítica: Bianca dos Santos

Marianne y Connell son dos jóvenes de opuesta clase social que comparten un vínculo. Pasan los años y ambos protagonistas siguen entrelazados entre sí, con sus carreras, sus parejas y sus vidas entre ellos y, aún así, se siguen atrayendo como dos imanes de cargas opuestas.


Ver la depresión por los ojos de Paul Mescal (Connell) – con una interpretación que no deja nada que desear – puede conmover y no hay manera de no identificarse.
Ya la joven Daisy Edgar-Jones, quien da vida a Marianne, es el retrato más fiel de la joven mujer nacida a finales del siglo pasado: oscila entre la rebeldía y la sumisión.

Los protagonistas maduran con la evolución de la serie, en una incesante búsqueda por encontrarse en medio al caos de las crisis existenciales que experimentan. Podrían ser cualquiera de nosotros y en eso está la belleza de esta producción, una tremenda adaptación de la fantástica novela de Sally Rooney.

Puntuación: 10/10

Mare of Easttown, Craig Zobel, 2021

Ya hace tiempo que HBO dejó de sorprendernos. Son los mejores a la hora de distrubuír series/miniseries y lo demuestran año a año con productos como “Sharp Objects”, “The Night Of” y otras tantas genialidades.

La miniserie en cuestión es de aquellas donde un personaje copa casi todo el protagonismo de la trama, pese al que resto del elenco esté muy bien aprovechado. Kate Winslet realiza una de esas actuaciones que marcan una carrera, aunque ella no tenga nada que demostrar. Aquí encarna a una detective atrapada por su trágico pasado y el suicidio de su único hijo varón, perdido en una espiral de drogas que lo acabaría devorando. Desde el primer momento notamos a una mujer mal encarada, con problemas para socializar e incluso tener una relación decente con sus familiares más cercanos, aunque con el paso de los capítulos notamos que no es más que una máscara para no afrontar los problemas. Junto a ella vive su madre, a la que no soporta, su hija que está a punto de graduarse y con la que no tiene cercanía, y su nieto, del que tiene la custodia mientras la mujer de su hijo intenta rehabilitarse por su problema con sustancias ilegales. Por si fuera poco su vecino directo es su ex marido. Que empiece la fiesta!

El principal atractivo del guión, más allá de descubrir quién está detrás del secuestro de dos chicas y de la muerte de Erin,(adolescente con un hijo a su cargo y con problemas económicos) reside en si Mare será capaz de compaginar su vida laboral y familiar, ya que la segunda amenaza con destruír su carrera en la policía. Precisamente el aspecto mental de los protagonistas es una de las cosas más logradas de la serie, donde se ponen de manifiesto las dificultades que suponen las enfermedades psicológicas a la hora de llevar una vida plena.

El único pero que se le puede poner al guión es que a mitad de camino los giros en la trama se van haciendo más patentes, generando trampas para despistar al espectador. Por lo demás resulta una serie espectacular y que funciona como un retrato absorbente, crudo y nada maníqueo sobre una pequeña localidad estadounidense, en la que no faltan pequeños secretos que amenazan con alterar la rutina de todos sus habitantes.

Para el recuerdo la escena en la casa del secuestrador de las jóvenes, rodada de una manera magistral y que supone el punto álgido de Mare of Easttown. Serie de culto desde ya.

Puntuación: 9,5/10

Like Crazy, Drake Doremus, 2011

No es la película más divertida pero sí es uno de los dramas románticos más singulares, originales y realistas que ha realizado el cine norteamericano en lo que va de siglo, con una Felicity Jones que no puede estar más atractiva.

Los Ángeles. Dos estudiantes sienten un flechazo desde la primera cita. Anna es una joven británica con una beca para estudiar en Estados Unidos. Jacob, por su parte, es una persona bohemia, de pocas palabras, que pasa su tiempo realizando bocetos para prepararse para cursar arquitectura, su gran hobby. Los primeros encuentros son los típicos del primer gran amor, pasando ambos casi todo el tiempo en la cama hasta que ella tiene que regresar a Inglaterra, ya que le caduca su visado. Este altercado supondrá el gran obstáculo para los dos en su objetivo de vivir juntos y establecerse como pareja. A partir de entonces sus vidas se verán envueltas en una especie de montaña rusa, en la que ambos conocerán a otras personas, pero siempre estando presentes uno en la cabeza del otro.

La obra destaca por su efectividad a la hora de explicar las complejidades de las relaciones amorosas y la dependencia que tenemos de ellas. La cámara flota de manera intimista para transmitirnos los sentimientos de cada uno, sus dudas y sus miedos, a veces con enfoques lejanos cuando se quiere mostrar un distanciamiento de la pareja y en otras ocasiones con planos cortos para mostrarnos momentos romántico.

Finalmennte nos quedamos con un efectivo retrato de las turbulencias del amor, pasando por todas las fases posibles y donde tienen cabida los incómodos silencios cuando no se sabe qué decir, los celos, la distancia que todo lo complica y la sensación de no dar valor a lo que tenemos hasta que lo perdemos. Si buscáis una película sin sensiblería barata y sin cursilerías dadle una oportunidad.

Puntuación: 7,5/10